8 DE noviembre DE 2017 11.12 H.

El país donde los niños no sonríen

Sara Escudero, delegada de Cruz Roja Española en Bangladesh

Como siempre en estos países la carretera multicolor resulta indefinible. Puestos de venta, edificios y llegamos al mar. Con el azul del cielo y el embarrado del mar, aparece la costa más larga del mundo. El Golfo de Bengala nos recibe con mil gamas de color entre banderas agujereadas por el viento y esos flotadores que consiguieron pasar a una segunda actividad y decorar ahora los pequeños puestos costeros. Antes iban a la mar y ahora la gente de la mar viene a ellos.

Cox´s Bazar, un pueblito costero de Bangladesh, con su mar, la arena, el olor a sal, la brisa…. Un cúmulo de ingredientes para que la mañana empiece bien. Puede nacer un día soleado y al terminar la tarde pensar que vas a morir de calor, o puedes tener un día de lluvia y al llegar la noche no saber ni cómo puedes lavar el pantalón lleno de barro pegado que también desea salir de esa ratonera. Como en cada emergencia, los extremos de la cuerda no conocen de términos medios.

Pero esta no es una emergencia normal. Nada parecido a lo que haya vivido antes. No pasó un huracán por aquí, no llegó un ciclón, no vivimos un terremoto. Es algo mucho peor, por aquí pasó la gran temible e inexplicable INDIFERENCIA. Miles de familias, de madres, padres, abuelos, niños y niñas, familias completas, familias divididas por las persecuciones, los que han podido llegar y los que dejaron la vida por el camino o los que no pudieron emprenderlo a tiempo para huir simplemente por nacer en el lado equivocado de un país. Unos pocos de ellos están aquí, tan solo unos pocos que han sufrido opresión, asaltos, humillaciones, testigos de asesinatos…. Unos pocos, son algo más de un millón, en un punto donde se confluye un auténtico mar de plásticos que ahora se llama su hogar. Unos palos de bambú, unos toldos y unas esteras para el suelo son ahora su nueva casa a la espera de que la Indiferencia pase de largo y pongamos la vista en algo más importante que sus casas de colores en medio del monte: sus propias vidas y su dignidad.

Jugar, cantar, bailar… es parte de nuestra vida y de nuestros sueños, de sembrar lo que puedes ser como persona en el futuro. Pero aquí la realidad es muy diferente. Cuando pasar hambre no es una opción, cuando huir es un juego de niños, cuando los niños y niñas no tienen ganas de sonreír, porque en realidad la vida no les sonríe a ellos. Usan botellas de plástico y les ponen 4 tapones como ruedas. Algunos afortunados, comparten un balón aunque desde que he llegado aquí solo he visto 3 en 15 días. Y otros juegan a ayudar en casa a subir agua, a llevar sacos de arroz que ocupan más que ellos, a llevar palos de bambú de 3 metros de largo en sus pequeños hombros.

Me conformo con saber que en algún lugar del corazón, existe la esperanza de no ser otra generación perdida, que se mueve por los campos sin saber que sucederá mañana. Me conformo con que un niño nos sonría al día, me conformo con poco en esta ocasión y nunca me había sentido así. Pero aquí, en tierra de nadie, con unos pequeños habitantes cuyos ojos no tiene un halo de esperanza, me conformo con saber que cada día puedo decirles desde mi corazón algo similar a las despedidas de la película de “Las Normas de la casa de la Sidra”: Buenas noches, príncipes de Maine, reyes de Nueva Inglaterra” diciendo algo así: “Hasta mañana, príncipes y princesas Rohingyas, habitantes de un país llamado Mundo”

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