14 DE julio DE 2017 10.32 H.

Las Zonas Borde

Las zonas borde – bordes entre culturas, entre ecosistemas, entre medios, entre personas, etc. – suelen ser lugares de encuentro entre las diferencias, donde explotan las sinergias y la diversidad, lugares de creación e innovación. Pero las fronteras políticas no son así. Las fronteras políticas no son lugares de encuentro entre las diferencias si no lugares de ruptura entre las iguales. Son creaciones artificiales, lugares de filtro y juicios guiados por una justicia injusta, ajena y lejana.

Camino por una calle cubierta de arena y polvo en la frontera entre Angola y Namibia. Hay señoras sentadas bajo sombrillas con pequeños tenderetes que se repiten como franquicias ofreciendo plátanos y cacahuetes. Varios grupos de jóvenes me examinan desde lejos preparándose para mi llegada; cuando estoy cerca se agolpan a mi alrededor ofreciéndome cambiar moneda. Un poco más adelante les toca el turno a los taxistas, quienes me ofrecen insistentemente sus servicios. Después llega el asalto de los que conocen un hotel, de los improvisados guías turísticos y de los que me quieren ayudar con el visado y el pasaporte. Cada gremio tiene muy definida su estrategia y la repiten uno tras otro añadiéndole sus coletillas personalizadas. Comprueban hasta qué punto sé dónde estoy: cuanto más cara de perdido tengas, más caro resulta el mundo. Pasado el grueso de la oferta me paro a hablar con uno de los últimos chicos que cambia dinero para preguntarle por la ubicación del punto a donde me dirijo; un segundo después ese uno se convierte en cinco que discuten entre ellos por quién me vio primero y quién me va a llevar hasta allí. Todos son hombres.

Tras rechazar educadamente la compañía sigo caminando. Ya alejado de la zona más transitada me llama la atención uno de los puestecitos con sombrilla. Saludo a las dos mujeres que lo atienden, me saludan, les pregunto qué tal, me responden y me preguntan de la misma manera, les respondo que bien, me preguntan de dónde vengo, les cuento mi historia, y ya llevamos casi 5 minutos hablando sin que me hayan ofrecido nada. Es un diálogo entre tres personas que se reconocen y se relacionan como tal, no como clientes y vendedoras. Les pregunto por el sitio a donde voy, me indican el camino hasta un lugar en el que debo volver a preguntar. Nos despedimos. Una de ellas me da un consejo al que todavía sigo dando vueltas.

Existen muchos mundos paralelos que se cruzan, se entrelazan y se relacionan constantemente pero cada persona a duras penas consigue percibir más allá de aquel en el que vive.

Las construcciones de género crean dos de esos mundos: el de las mujeres y el de los hombres, o mejor dicho el de los valores típicamente (o tópicamente) femeninos y el de los valores típicamente masculinos[1]. El género hace que eduquemos, presupongamos y encasillemos a las personas en uno de esos dos grupos en función de su sexo.  Pero existen personas de ambos sexos en ambos mundos.

En el mundo de los valores típicamente femeninos las personas son personas por encima de todo y se relacionan como seres humanos completos. El cuidado, la gratuidad, el amor, el apoyo mutuo son los valores que rigen la vida, y el éxito no se mide por la nómina ni por el número de personas sobre las que mandas. Este es el mundo que no cuenta, que no vale. El mundo que se acorrala, se destruye y se somete.

En el mundo de los valores típicamente masculinos las personas son recursos humanos encajados en un engranaje y se relacionan en función de su papel en el mismo: productores o consumidores, vendedores o clientes, jefes o empleados. Mandan el crecimiento económico, la rentabilidad, la competencia, las relaciones monetizadas, el economicismo y la sagrada propiedad privada. Todo tiene precio y el éxito no se entiende fuera de la empresa, los negocios y la cuenta corriente. Este mundo es el que impone el patriarcado, es el mundo hegemónico. Es el que se enseña en las escuelas, en el seno de la mayoría de las familias, en las iglesias y en los medios de comunicación. Es el modelo a seguir y a lo que hay que aspirar. Es incuestionable y todos los debates se acotan a sus límites.

En el camino hacia la igualdad no se trata de que las mujeres puedan convertirse en soldados para matar a otros soldados, si no de que los hombres no tengan que hacerlo; no se trata de que las mujeres puedan convertirse en grandes empresarias a costa de la explotación de cientos de trabajadores y trabajadoras, si no de que los hombres tampoco puedan hacerlo; no se trata de que las mujeres puedan convertirse en gobernantes que decidan sobre la vida del resto, si no de que los hombres tampoco puedan hacerlo; no se trata de que los trabajos de cuidados tengan un valor económico, sino de que no sea el valor económico el que defina el valor de las cosas; no se trata de que las mujeres tengan que dejar a sus hijos e hijas en guarderías para poder poner sus capacidades al servicio de los intereses de una gran empresa a cambio de un salario, si no de que los hombres tampoco tengan que hacerlo y puedan dedicarse igualmente a su familia. No se trata de eliminar el mundo de lo típicamente femenino para acabar con la desigualdad, si no de que ese mundo valga igual. Se trata de que mujeres y hombres sean sujetos de su propia vida y no marionetas de los poderes económicos y la estructura social impuesta.

La señora, desde su puesto de sombrilla, me dijo: “pregunta a las mujeres, sólo a las mujeres, los hombres no sé dónde te van a indicar”. -Vente a este mundo, quédate en este mundo, vive en este mundo – entendí yo.

En la provincia de Cunene, al sur de Angola, muy cerca de la frontera con Namibia viven 965.288 personas, 514.474 de las cuales son mujeres haciendo que el índice de masculinidad de esta provincia sea el más bajo del país: 87,6[2]. Los fenómenos de El Niño y La Niña producen sequías e inundaciones periódicas afectando gravemente a las condiciones de vida de la población. Las sequías del 2015 y 2016 fueron especialmente intensas dejando a 330.399 personas en situación de inseguridad alimentaria. El 90% de la producción agraria se perdió.  Las tasas de desnutrición aguda grave, (SAM, en sus siglas en inglés), se doblaron durante el 2016, pasando de 2,8% de casos con severa malnutrición, a 5-7%, mientras que los casos de malnutrición aguda global (GAM, en sus siglas en inglés) se encuentran entre el 15-21%.[3]

En este contexto la Cruz Roja Angoleña está implementando un proyecto financiado por la Agencia Vasca de Cooperación y la Cruz Roja Española para fortalecer la resiliencia de la población frente a los impactos climáticos. 290 hombres y 318 mujeres de 1 cooperativa y 2 asociaciones agrícolas, una de ellas formada casi íntegramente por mujeres, están integradas en el proyecto. Trabajan juntos/as para desmontar fronteras y construir puntos de encuentro, para potenciar ese otro mundo que garantice una vida digna, plena y en igualdad a todas las personas. La atención de las necesidades básicas; el fortalecimiento del tejido social y las redes de apoyo; el establecimiento de relaciones horizontales e igualitarias entre las personas y con el entorno; y la construcción colectiva de conocimiento son las herramientas para ello.

Román Lince

[1] Los conceptos de “valores típicamente femeninos” y “valores típicamente masculinos” son una amplia generalización utilizada aquí para dar nombre a dos maneras diferentes de entender el mundo.

[2] Fuente: Instituto Nacional de Estadística Angoleño. Censo 2014

[3]Conclusiones extraídas del “Angola Humanitarian Situation Report”, publicado por UNICEF el 28 de abril de 2016 y Angola: Drought. Office of the Resident Coordinator Situation Report No.1

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